Este año, por primera vez en mucho tiempo, no he estado físicamente en Manhay. Aun así, desde que vi el cartel del 81 aniversario de la Batalla de las Árdenas y empecé a seguir las fotos y vídeos que iban compartiendo amigos y grupos de recreación, he tenido la sensación de estar asomado a la ladera del mismo bosque de siempre, solo que esta vez desde la distancia. Saber que, un diciembre más, las calles de Grandmenil y Manhay se llenan de vehículos, uniformes y música de 1940‑45 convierte este evento en una cita casi inevitable, incluso cuando la vida te obliga a quedarte en casa.
Un fin de semana que apetece vivir con el uniforme puesto
Lo primero que me llamó la atención del programa de este año fue lo completo que resultaba sobre el papel. Durante tres días, Manhay vuelve a convertirse en un gran campamento de 1944‑45: tiendas de lona, cocinas de campaña, zonas de descanso y mandos improvisados en edificios civiles, todo ello habitado por recreadores que se encargan de darles vida. Solo leyendo la lista de actividades casi podía oler el gasoil, el café de campaña y el humo de las estufas de hierro.
Saber que habría campos de época recreados otra vez, con tropas aliadas y alemanas mostrando su día a día, me hizo recordar esas mañanas frías en las que uno asoma la cabeza por la tienda, ve la escarcha en el equipo y aun así sale al exterior con ganas porque sabe que está ayudando a contar la historia de forma vivida. Cada foto de mis compañeros recreadores ajustando correajes, preparando raciones, revisando armamento o subidos en algún vehículo reforzaba la sensación de que, aunque yo no estuviera allí, el espíritu del evento seguía intacto.
El rugido de los motores en las Ardenas
Si hay algo que para mí define Manhay son los vehículos históricos circulando por carreteras y calles que ya formaron parte del frente en 1944. Un año más, el programa incluía exposición de vehículos, convoyes y presencia de blindados, esa combinación que hace que el corazón de cualquier aficionado a la Segunda Guerra Mundial lata un poco más deprisa. No es lo mismo ver un camión o un carro de combate en un museo que sentirlo pasar muy cerca, escuchando cada cambio de marcha, notando la vibración del motor en el pecho o el humo del gasoil quemado.
Los convoyes de vehículos y carros de combate recorriendo la zona son una de esas experiencias que te acompañan para siempre. Imaginaba la estampa: columnas de jeeps y camiones avanzando entre casas y bosques, semiorugas y blindados encabezando la marcha, recreadores asomados a las barandillas y el público a ambos lados del camino, con cámaras, móviles y, sobre todo, caras de asombro. Aunque este año lo he vivido a través de fotos y vídeos, la sensación de estar ante un pequeño viaje en el tiempo seguía muy presente.
Muy cerca, el Manhay History 44 Museum vuelve a ser un ancla con la realidad histórica de la zona. Saber que el evento anima a visitar un museo lleno de material original, paneles y testimonios ayuda a que todo lo que se ve fuera –uniformes, vehículos, escenas– se entienda dentro de su contexto real.
Un campo de batalla recreado con luz, sonido y respeto
Entre los puntos fuertes del fin de semana estaba, como en otras ediciones, la gran recreación de campo de batalla con espectáculo pirotécnico. Desde el punto de vista del recreador, ese tipo de actividades lo mezcla todo: preparación, adrenalina, coordinación con vehículos, y al mismo tiempo una enorme responsabilidad a la hora de representar algo tan serio como un combate real.
Combinar la recreación de combate con efectos de luz, humo y sonido permite que el público entienda mejor el caos de una acción bélica: fogonazos, explosiones simuladas, ráfagas y órdenes gritadas entre el ruido. Pero mientras veía esos fragmentos pensaba también en el contraste inevitable con la realidad de 1944: frío extremo, miedo, desorientación y consecuencias irreversibles para quienes estaban allí. Precisamente por eso valoro que este tipo de escenas se presenten siempre como lo que son: una herramienta pedagógica, no un espectáculo vacío.
Ceremonias, misa y el silencio necesario
Otra de las cosas que más estimo de Manhay es que nunca olvida el lado conmemorativo del evento. Entre vehículos, tiendas y uniformes, el programa sigue reservando espacio para la misa en memoria de los caídos y los homenajes a los liberadores, y el 81 aniversario ha mantenido esa línea.
En esos momentos, recreadores y público aparcan el ruido para dejar paso al silencio, a las formaciones y a los discursos de recuerdo. Más allá de las fotos llamativas, ahí es donde el evento se conecta de verdad con su origen: en estas carreteras y bosques se luchó, se sufrió y se murió, y lo que hacemos hoy es recordar y explicar, no celebrar la guerra. Aunque este año yo no estuviera en la iglesia ni en los monumentos, saber que esos actos siguen ocupando un lugar central en el programa me confirma que el equilibrio entre espectáculo y memoria se mantiene.
Música, carpa y la otra cara de la trinchera
La otra imagen que siempre asocio a Manhay es la de la gran carpa a última hora de la tarde, con las mesas llenas, el bar funcionando y la música de los años cuarenta sonando de fondo. El programa de 2025 volvía a apostar por la animación musical y los conciertos con repertorio 1940‑45, algo que transforma por completo el ambiente cuando cae la noche.
Escuchar swing, jazz y canciones de época rodeado de compañeros de uniforme es casi como entrar en una foto en blanco y negro, pero con frío real en las manos y un vaso caliente delante. Bajo esa carpa no solo se come y se bebe: se comparten anécdotas del día, se conoce a recreadores de otros países, se comentan los vehículos, se comparan detalles de uniformidad y se hacen planes para futuras recreaciones. Saber que este año seguía habiendo cenas colectivas, conciertos y vida social después de las actividades diurnas me recordó por qué este tipo de eventos acaban convirtiéndose en una segunda familia.
Además, que la entrada al evento sea gratuita, y que la organización se encargue de concentrar en un mismo espacio restauración, programa y logística, hace que cualquiera –desde el aficionado veterano hasta la familia que pasa por allí por curiosidad– pueda acercarse a la historia sin barreras.
Desde la barrera… pensando ya en volver
Vivir Manhay 2025 desde fuera ha sido una mezcla de nostalgia y perspectiva. Por un lado, esa punzada inevitable al ver una foto y pensar “ahí debería estar yo, en esa esquina del convoy o en ese campamento”; por otro, la oportunidad de observar el evento con algo más de distancia y apreciar cómo se ha consolidado como una de las grandes citas europeas de recreación de la Batalla de las Árdenas.
Lo que tengo claro, después de seguir el 81 aniversario casi en tiempo real, es que el año que viene volveré. Manhay es uno de esos eventos que se viven de forma diferente: por el entorno auténtico, por la combinación de vehículos y campamentos, por el peso de los actos conmemorativos y por la comunidad de recreadores que se reúne allí cada invierno. No es solo otro evento más en el calendario; es uno de esos lugares a los que se regresa porque cada edición deja la sensación de haber estado un poco más cerca de la historia que intentamos recrear.
Mientras tanto, Manhay 2025 quedará para mí como la edición que viví con el casco en la estantería y el corazón en las Árdenas, tomando nota de todo lo que se ha hecho para, el próximo año, poder decir por fin: “he vuelto”, y volver a pisar ese mismo barro con la impresión de que, por unas horas, el pasado y el presente vuelven a encontrarse en el mismo punto del mapa.



El rugido de los motores en las Ardenas



Ceremonias, misa y el silencio necesario






